Cada 23 de enero, la comunidad celebra a su santo patrono, San Ildefonso, con una gran fiesta que incluye procesiones, misas, danzas tradicionales, música, fuegos artificiales y una convivencia llena de alegría y sabor. Es la festividad más esperada del año y reúne a familias de la región y visitantes. La mayordomía de esta fiesta es un honor importante y se prepara con meses de anticipación. Se engalanan las calles con papel picado, arcos florales y se organizan eventos culturales y deportivos.
Destacan la danza de las pastoras y la danza de los moros, que se presentan durante la fiesta patronal y otras celebraciones. Estas danzas reflejan la herencia otomí y la historia de la comunidad, llenando de color y tradición las calles de Tultepec. Los trajes bordados a mano, los instrumentos de viento y percusión, y el simbolismo de los movimientos expresan la resistencia cultural y el sincretismo religioso de los pueblos originarios.
El 1 y 2 de noviembre, las familias colocan altares con ofrendas para sus seres queridos, decoran con flores de cempasúchil, velas y comida típica. Se visitan los panteones y se realizan convivios y rezos en memoria de los difuntos, preservando esta tradición ancestral. En San Ildefonso, se cree que las almas regresan a casa y se les recibe con música tradicional, copal y pan de muerto. Los niños también participan llevando calaveritas y compartiendo leyendas de la comunidad.
Durante la Semana Santa, la comunidad participa en procesiones, viacrucis y representaciones religiosas, mostrando su fe y unión. Es un momento de reflexión y encuentro para las familias. Se destacan la procesión del Viernes Santo, donde se representa la Pasión de Cristo, y la bendición del fuego en la Vigilia Pascual. Muchos jóvenes y adultos se integran como actores, organizadores o asistentes, fortaleciendo el vínculo espiritual y social.
Cada barrio y capilla realiza su propia fiesta, organizada por los mayordomos. Estas celebraciones incluyen misas, comidas, música y actividades que fortalecen la identidad y la convivencia comunitaria. Ser mayordomo implica una gran responsabilidad y prestigio, ya que deben costear parte del evento, coordinar a los vecinos y mantener la tradición viva. Estas fiestas también son momentos clave para compartir conocimientos y pasar costumbres a las nuevas generaciones.
En todas las fiestas es común compartir mole, barbacoa, pulque y tortillas hechas a mano, así como admirar y adquirir artesanías textiles y bordados otomíes, orgullo de la comunidad. Las mujeres bordan con gran detalle símbolos tradicionales, y los hombres elaboran figuras y utensilios con madera o palma. La venta de estos productos no solo apoya la economía local, sino que transmite el valor del trabajo artesanal como legado cultural.